Conversaciones de media noche. Las tortas 24 hrs. de Fernando Montes de Oca

– Buenas noches.

El tortero voltea a verme, pero no recibo respuesta. A este no lo había visto, los cambian como cada 2 meses. Ya me estaba cayendo bien el anterior.

– ¿Me das una Bruce sin mayonesa y sin picante por favor?

Asiente con la cabeza y le sube al gas, inmediatamente empieza a borbotear el aceite que está en una ollita de peltre azul con puntos negros.

Siempre que pasa eso me llegan pensamientos sobre las grasas polinsaturadas, los artículos de nutrición que he leído, y más recientemente, sobre la nutrióloga que he ido a ver a partir de que adquirí un Groupon con 4 sesiones. La última vez que fui a verla había bajado 3% de grasa corporal, me dijo que estaba orgullosa de mi y de mi dieta. Lo que no le dije fue que seguía comiendo tortas, pero que ese día tenía casi 24 horas sin comer.

Mientras pienso eso, el tortero sigue con el manejo experto de los utensilios e ingredientes que pronto tendré en la barriga. La pechuga frita está lista casi inmediatamente.

– ¡No! ¡Es sin mayonesa, ya te había dicho!

El tortero siempre se me queda viendo. Algunos se sorprenden, algunos se enojan. Tengan ya tiempo o no, siempre se equivocan. Es parte de la puesta en escena al comprar tortas en ese puesto. Este tortero en particular no hizo ningún gesto, creo que solo cambió el pan. O lo limpió, no alcancé a ver.

2 minutos después ya estaba la torta en su punto. La envolvió en papel café -que se vuelve transparente en instantes-, con todo y papel la cortó en dos, la metió en una bolsa de estraza y me la dio. No le puso servilletas.

-Te voy a dar puro cambio, lo del día.- Suelo decir eso, aunque en el día ni recibo cambio. En realidad lo junto del pantalón, las mochilas, la mesa…

El tortero lo avienta en su tabla de cortar y va jalando moneda por moneda (30 de a peso y 10 de cincuenta centavos). Se equivoca casi al principio, pero rectifica rápido. Al terminar de contar le escucho las primeras y únicas palabras de la noche:

– Está bien.- Mi cue para irme.

– ¡Gracias!- Le digo, y me largo del lugar. Hoy solo quería llegar a tragarme la pinche torta. Otros días, con menos prisa, me encabrono y miento madres internamente por haber tratado con un animal que no se digna a hablar.

Mis conversaciones de media noche suelen ser conmigo mismo.

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