Las penosas aventuras de Chocolate Oaxaqueño

Lo conocí una noche de noviembre. Eran pasadas las 11 y regresábamos de correr. Se encontraba envuelto en servilletas, y mi primera impresión no fue que me encontraba ante una barra particularmente especial de chocolate.

Dispuse de él sin reservas. Deposité su totalidad en casi un litro de leche y batallé vigorosamente en disolverlo, cosa que no conseguí por compelto. Pero el líquido resultante fue satisfactorio. Compartirlo más.

Al día siguiente noté que ahí seguía, reposando casi intacto en la ollita que anteriormente había considerado su lugar final de descanso. Apenas reducido unos milímetros, duro y dulce, lo ví y decidí que haría más chocolate.

‘Se va a echar a perder’, fueron las palabras del roomate 1 y dueño del perro. No sabía qué hacer, pensé en tirarlo. Te conté. A ti, su poseedora original, y ofendida me dijiste:

“¡¿Lo vas a tirar?! ¡Lo tenía reservado, decidí llevarlo contigo y lo vas a tirar!”

El proceso interno que provoca en un cabrón el que la chica le diga eso sobre… prácticamente cualquier cosa, genera la energía explosiva de una bomba atómica. Qué digo, en ese momento el chocolate oaxaqueño pasó a tener el valor místico del santo grial.

Ok, tal vez no a cualquiera le pasa eso, pero a mí sí, es el punto.

Saqué a Chocolat Oaxaqueño de su ollita, cuidadosamente lo enjuagué de cualquier contaminante que se le hubiera pegado, lo sequé y envolví en servilleta. Luego lo deposité en la profundidad del refrigerador y respiré. Chocolate Oaxaqueño estaba por fin seguro.

Un par de días después no lo encontraba, ¿qué había sido de él? Carajo. Llamadas al roomate, ¿se lo había chingado? ¿Lo habrán tirado? Por fin el cabrón llegó a la casa y anunció: “La señora de la limpieza lo había tirado a la basura y lo rescaté, está al lado del horno de microondas”. Me cago en la puta. A que pinche señora se le ocurre tirar un santo grial a la basura, debía ser una ignorante de lo que es verdaderamente importante en la vida. Puta madre… y en la basura. Pero seguía envuelto en sus servilletas.

¿Qué siguió? Me apena. Chocolate Oaxaqueño no la pasó bien. Yo tampoco.

El perro de la casa lo tomó un día y jugó con él. Después de su viaje a la basura le asigné un hábitat tranquilo en la despensa sobre el Chocolate Abuelita, donde pensé que sería apropiado. No razoné que era un lugar de alto riesgo de ataque de perro loco y con mucha baba. Fui un tonto.

Chocolate Oaxaqueño fue encontrado debajo de la mesa, con la suciedad que provoca ser sacudido por un hocico canino. Corrí a enjuagarlo, no sabía qué hacer. Lo devolví lo mejor que podía a su estado anterior, lo envolví de nuevo y lo puse de vuelta en el refri, consciente de que en adelante su único uso real sería el de satisfacer mi -casi- neurótica dependencia emocional. No me atrevería a preparar chocolate caliente con él nunca más.

El punto de quiebre llegó cuando roomate 1 decidió tomarlo para colocarlo en la cama de roomate 2 y hacerlo pensar que era caca del perro.

No le hablé a roomate 1 más de un mes. Incluso ahora le guardo profundo resentimiento.

Chocolate Oaxaqueño terminó su penosa travesía en mi casa siendo depositado nuevamente en el bote de basura por la misma señora que quiso deshacerse de él desde un principio. Algo traía esa pinche señora. Un día llegué y nomás ya no estaba. Chocolate Oaxaqueño se había ido para siempre.

Hoy rindo tributo a Chocolate Oaxaqueño. Y más aún, al regalo que representó un día, hace muchos.

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