Sillón rojo y una morena

Soñé con una morena. Había regresado borracho de una fiesta y mi último recuerdo fue caer dormido en mi cama. Vivía en la Condesa en un departamento con mucha madera y muebles reciclados. Desperté porque me movían. Estaba tirado en un petate, sucio y con señas evidentes de haberme destruido la noche anterior, más aún de lo que recordaba. La mano que me movía pertenecía a la morena que con unos ojos grandotes e inquisitivos me preguntaba qué pedo con las fotos que había en mi celular. No sabía de qué carajos hablaba.

En mi casa había un sillón rojo de piel con patas de madera y ese final de metal muy al estilo setentas. Tengo la firme sensación de haber besado a la morena en ese sillón. Casi podría asegurar que ella me lo regaló, pero la verdad no lo recuerdo. Sillón rojo en ese sueño era sinónimo de cachondez romántica con la morena.

En las fotos de mi celular estaba yo encuerado y abrazando a una mujer aún más encuerada. Es curioso cuando de entre dos cuerpos desnudos uno pareciera estarlo más. Creo que los orangutanes -mis amigos- que rodeaban la escena en la fotografía le habían pagado a la fulana. En ese momento imaginé como habían entrado a la casa y  llevádome a tal escena de desenfreno. Reconocí a los amigos. Estaban el francés, el chavo, el conejo y el séquito que cada uno suele atraer. Resumo al llamarlos ‘el séquito’ porque en mi sueño eran solo una nube borrosa de carne rosa y baba humana, no podría identificar más caras de entre mi memoria de ese momento. Además, tenía encima a la morena pidiéndome explicaciones.

Lo siguiente que recuerdo es mucha gente, tanta que no podía darle sus besos con calma a esta chica delgada y de cabello castaño que parecía conocerme de siempre pero que yo no conseguía identificar. Mi cuerpo sabía quién era, pero mi memoria no. Quería abrazarla con esa ansiedad sabrosa que motiva las grandes locuras de la vida. O de la mía, al menos. A esas alturas ya no había discusión por las fotos. Algo que distingue mi ensoñar es que en cuanto comienzo a clavarme con una idea, mi mente cambia de escenario como si me dijera “ya mijo, duérmete otra vez”.

Creo que para ese momento ya le tenía cariño. En algún punto me agarró de la mano y valí madres, era suyo.

Terminé corriendo con la morena entre los pasillos de un edificio, ella huyendo de algo, posiblemente de mi, y yo buscando un cuartito sin tantos pinches ojos mirones donde pudiera abrazarla y besarle el cuello bronceado.

Entonces vi mi sillón. Estaba en un elevador que se abría mientras corríamos por los pasillos. Adentro era del tamaño de una cancha de basquetbol con duela y hasta gradas. Ver el sillón en el elevador fue la señal. Estaba justo en el centro y por las ventanas entraba un rayo de luz que lo hacía ver más rojo y brillante. Pero la morena se había ido y la ansiedad terminó por despertarme.

Estaba hablando solo cuando tomé de nuevo conciencia desde mi cuartito en Toluca. Decía cosas como “es la de la foto”, y ” Galaxy Camera”.  Supe pues que la morena era la fotógrafa que conocí en un momento brevísimo durante la presentación de la cámara esa; la morena buena onda a la que le tomé una foto trepados en un Turibús en Polanco. Recordé que le dio like a la foto. Aún sin poder enfocar bien la mirada, alcancé el celular, abrí Instagram y vi su nombre, era Ana Hop.

Aún no se de dónde sacó mi mente ese sillón.

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